Mes: agosto 2010

Beneficios de la impunidad

En el día de ayer, el Ministro de Defensa declaró a Código País que a él no lo sorprendió lo sucedido en la Armada. No explicó por qué.

Ligar estos acontecimientos de corrupción tan solo a esta legislatura, o a la anterior, es alevosamente desvergonzado. No hay mucho que explicar y tampoco hay mucho de qué sorprenderse ante hechos delictivos como los ocurridos. Tiene razón el ministro: nada sorprende.

Los militares gozan de impunidad en todos los ámbitos: no es muy distinto esto que sucede a nivel material (estafas, fraudes y demás) con lo que sucedió y sucede en el ámbito de los derechos humanos. Habitan un territorio paralelo y, salvo en algunos pocos casos, no asumen responsabilidad alguna de lo actuado en la época de la dictadura. En este país duele más meter la mano en la lata que torturar y matar a un disidente. La sensibilidad civil es más atenta a los bienes materiales y más proclive a escandalizarse por un teniente que comete fraude con tarjetas telefónicas que por las centenas de militares y policías que participaran en delitos de lesa humanidad.

Escuchar las declaraciones del hijo de un exdictador que manifiesta que se debe investigar lo actuado en la legislatura pasada hasta encontrar responsables es muy cínico. Es interesante tener en cuenta que fue el gobierno anterior, bajo la titularidad de Azucena Berrutti, el que determinó por primera vez permitir cumplir funciones a la Auditoría General de la Nación. Antes de ese evento, los militares y muchos civiles amigos permanecieron en ese limbo que la dictadura construyó y que la democracia, en tantas cosas incompleta, convalidó. Hasta ahora, a pesar de que la sustancia de esa impunidad prepotente permanecerá incólume.

Tocar la propiedad privada es siempre un delito muy mal visto aunque siempre de acuerdo a los atributos sociales del reo. El cuerpo, sin embargo, es lo privado que puede ser destrozado sin que muchos civiles y políticos se conmocionen. Se opondrá a esto el argumento estúpido de que nuestro país sufrió una guerra. Militares y amigos civiles por un lado, y tupamaros, son responsables en ese sentido, aunque esto no puede justificar el terrorismo de Estado. Pero, ¿qué ocurre con los que quedaron en el medio, con la mayoría de ciudadanos que nada tenían que ver con esos espíritus militarizantes? ¿Alguien puede defender la idea de que el maestro Julio Castro o el Gral. Líber Seregni o Zelmar Michelini o Gutiérrez Ruiz o bebés robados y vendidos, formaron parte de un bando guerrillero?

La peste contamina a todo el cuerpo. El silencio hace culpables a los que actúan en la complicidad de delincuentes bajo la excusa del “respeto a la cadena de mando”. Con este y otros argumentos, han hecho siempre lo que han querido. Si fueron y son capaces de torturar hasta castrar a un detenido y dejarlo morir desangrándose, ¿cómo no pensar que se dedican al fraude? Si desean no caer todos en la mirada hostil de un gran número de ciudadanos deben desmarcarse y comenzar a limpiar la casa. Pero recordando que la casa no solo está sucia de fraudulentos sino también de violadores de derechos humanos.

Por suerte para ellos, la democracia los ampara. Vaya cosa. Vaya ironía.

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