discurso educativo

Batlle ilustrado

Perplejo en su demo de Colargos, el viejo Pericles lee con sorpresa la noticia de que en el siglo XXI ya nadie quiere pensar en él. Cuando observa el mapa y se percata de que la novedad proviene de una comarca muy pequeña, de nombre curioso, y que es el pronunciamiento de un señor en el umbral de su tiempo vital, se siente apenado y melancólico. En su época –recuerda ahora a Homero– ser viejo y sabio eran adjetivos no reñidos. Pericles duda, no sabe si convocar a sus amigos Tucídices, o a Sófocles y Eurípides para compartir tan triste sentencia. Teme martirizarlos. Y si bien la soberbia del glorioso lo acompaña aún, también la sensatez y tranquilidad de saber que en el siglo de Pericles, su propio siglo, se pergenió el siglo de ese Batlle que también tuvo su siglo… Afortunadamente, Pericles opta por pensar en los astros, y así, a pesar de opiniones venideras, se siente más grande y más pequeño y más sabio a la vez… ¡Qué diablos, esos malagradecidos! –piensa–. Se ensimisma. Y especula…

Seducción del lugar común

El territorio educativo está minado de lugares comunes. El discurso educativo está hipercodificado, con índices de previsibilidad verbal alarmantes. La palabra se vuelve transparente allí donde la opacidad debería ser su atributo.

También la retórica de la crítica a los sistemas educativos se harta del lugar común. Por ejemplo, señalar insidiosamente lo que la enseñanza no debería proveer, la anacronía de contenidos, la pésima formación docente, etc. Pero demos vuelta la cuestión y pensemos que lo que no es un lugar común es explicar, por ejemplo, el significado de fórmulas como conocimiento adecuado en el mundo actual (sic) o la enseñanza secundaria educa según conceptos antiguos (sic). También se lanza la afirmación de que el mundo de hoy es “de zapping”, de opciones personales (sic). Y sumemos: la enseñanza secundaria no prepara para los trabajos que se demandan en la sociedad (sic); los jóvenes se aburren porque la enseñanza secundaria no tiene nada que ver con el mundo real que hay cuando los estudiantes salen de ella (sic); se terminó el aprendizaje a la manera antigua y que ya nadie quiere saber de Aristóteles o Pericles (sic).

Planteado así el problema, todo se vuelve un cuello de botella. Es posible darle la razón al autor de esas frases y también ponerle nombre: Jorge Batlle.* Él ilustra lo que la mente haragana esgrime habitualmente. Es el juicio del vago que divaga, que dispara balas de salva a un blanco que no logra visualizar. La vaguedad es siempre promisoria a la hora de acomodar el cuerpo a las balas: rápidamente el sentido atribuido se metamorfosea en otra cosa y en otra…

Perdón señor Pericles: se tiene que retirar…

Sin pretenderlo, el expresidente coloca un nutrido repertorio de lugares comunes que suelen repicar en la sociedad uruguaya y que suele, también, seducirnos con facilidad.

La enseñanza posee una localización simbólica en nuestro ser ciudadano, entre otras cosas, nutren las esperanzas que se depositan en ella como engañoso igualador social. Es cierto que los docentes no poseemos un saber totalizador, ni siquiera las herramientas conceptuales muchas veces, ni la disponibilidad espaciotemporal especulativa. Sería absurdo pretenderlo. Nuestro mundo es un mundo fragmentado y fragmentario, solitario y con la arquitectura del claustro. Es que no puede ser de otro modo en lo sustancial. En este sentido un griego como Pericles quedaría pasmado, es cierto, porque nada más alejado del espíritu griego el disgregar el pensamiento, desarticularlo, divorciar la matemática de la filosofía de la astronomía de las artes… Y más: las herramientas conceptuales que construyen sus coetáneos pretenden ser universales e intemporales, pero también aplicables a su mundo real –la democracia ateniense es toda una tecnología en la que también se funde la filosofía, la retórica y…–. El quadrivium y trívium hoy serían condenados por políticos y estudiantes. En especial porque ambos son la base del diseño curricular que tanto hastía a grandes y chicos… Sin embargo, tal vez no sea un exabrupto afirmar que le debemos casi todo.

La fatalidad de lo incierto

Uno de los motivos que favorece la reproducción de lugares comunes es el hecho de que los resultados en educación son producto de procesos individuales y uno de sus atributos esenciales es la mayor parte de las veces su invisibilidad. Es verdad: es una cosa terrible andar apostando a lo que pertenece a un tiempo futuro y resguardado por la incertidumbre. Sin duda que de acuerdo a la óptica de nuestro Batlle ilustrado deberíamos concebir a nuestro buen ciudadano y mejor trabajador en algo reducido a un ente conocedor del manejo de una planilla excel o de una llave de caño; así los resultados podrán ser medidos con tranquilizadora precisión. Es probable que se diga que el señor no quiso ni quiere decir eso –¡ah, la vaguedad!–, pero mientras se juegue en territorios etéreos es válido pensarlo así.

A seguir meditando este asunto. En principio: alerta a los topoi o loci malvenidos. ¿Pericles al tacho? ¿O Batlle? Cautela, no nos pongamos todos a sacar tuercas mientras nuestro expresidente hojea, en la placidez de su hogar y en honor a su cuna, páginas de la Oratoria de Cicerón y de la Política de Aristóteles. Claro, tiene derecho el hombre, a su edad. Qué diablos.

* espectador.com 19/5/2010

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