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Masificar la educación, multiplicar la pobreza

El 2 de marzo de 2010 la señora Ana Vignoli, al asumir su cargo de Ministra, afirmó que el gran objetivo del Mides es erradicar la indigencia, disminuir la pobreza y masificar la educación. No es poca cosa, alegó.

De las tres metas definidas las dos primeras no parecen necesitar aclaraciones en cuanto a su formulación. Se podrá discutir acerca de conceptos como indigencia o pobreza a nivel técnico, pero todos tenemos una idea promedial al respecto. No sucede lo mismo con el concepto masificar asociado a otro concepto: educación.

En cuanto al primero, la asociación con masivo y con masa es inevitable, no solo por lo que el uso informa sino porque etimológicamente se hallan emparentadas. La idea que predomina en esa relación familiar es la de cantidad y también la de informe, o sea, el amontonamiento de individuos hechos masa. Majestuosidad de la cantidad que se redobla ante la meta noble de hacer que todos accedan a la enseñanza media básica y superior, por ejemplo. No es políticamente correcto, como se dice en la jerga política, estar en contra de algo así. Casi sería un gesto antipatriótico. Una herejía.

Pero es legítimo preguntarle a esos conceptos cuáles son sus alcances o consecuencias previstas, si previsión alguna se ha tomado al respecto. Incluso, la interrogante para qué masificar no tiene una respuesta evidente.

El ingreso masivo de alumnos en secundaria tiene ventajas para los adolescentes: se socializan, obtienen boletos gratuitos y a veces inesperadamente se enredan en alguna actividad que los reconforta. Pero no es esa la finalidad por la que asisten en primer lugar a la institución educativa. Excluimos el aprender como finalidad –debería ser la primera–porque es un verbo desprestigiado en el ámbito de la enseñanza secundaria. Pero la masificación en este ámbito también tiene desventajas. El hacinamiento es malo siempre: el carcelario, en centros de atención de salud, por ejemplo. Uno de los pocos casos en que el hacinamiento parece atractivo y buscado es en los espectáculos públicos de rock, por ejemplo, o en los de fútbol. En estos es lógico porque el espectáculo lo es para la masa, y lo es porque es inherente a la naturaleza del acontecimiento. Nadie espera la prevalencia del individuo en esa pasta humana. Pero en la educación esperamos otra cosa, la opuesta, sin duda, y no sería prudente negarlo.

La masificación en la enseñanza ha tenido como resultado la construcción, en proceso y a paso firme, de una escuela para pobres, un liceo para pobres o clases medias desvaídas o principistas defensoras de un proyecto valeriano. Y en marcha, el otro proyecto, aunque más problemático y lento –siempre es parsimonioso el paso de esta otra institución–: una universidad para no pudientes. En este último caso no podemos referirnos a una universidad para pobres porque es casi impensable un horizonte universitario para los más desprovistos de medios y oportunidades e ingresaríamos en una paradoja intolerable. Todo esto se suma, con precisión espasmódica, a los comedores para pobres, la salud pública para pobres… Antes que se objete este planteo: claro que es bueno que existan estas instituciones; imaginemos si en el mundo-provincia en que habitamos no hubiera medidas de contención de esa gran masa de zonas poblacionales desprotegidas y vulnerables. Incluso, a pesar de poseer aún un poder que hace dudoso el vigor de nuestra democracia, esto mismo sucede con los militares: no es políticamente correcto decir que son entidades parasitarias; tampoco lo es decir que la institución militar es también un amplio contenedor de mano de obra no calificada y de potenciales desocupados crónicos y temibles para cualquier democracia estable.

Masificar es una palabra que fuera apropiada por la retórica marxista-leninista. Hoy es de uso más extendido. Pero sea el ámbito de uso, siempre es una palabra que suena desdeñosa, peyorativa. Y es un término tramposo y franco a la vez: hace evidente lo que el otro simplemente pretende; sin quererlo deja ante los ojos que la cuestión acaba siempre en el número y en el hacinamiento que hace, lo plural, singular. Bidimensionaliza al sujeto, le hurta volumen, profundidad, a favor de la aglomeración y de la uniformidad. No se trata de incorporar a los adolescentes a un mundo más amplio y complejo en el que puedan volverse sujetos responsables y autónomos, dominadores de las herramientas fundamentales del lenguaje y de la aritmética, por decir objetivos básicos. Se trata de decir: ingresan tantos y se acreditan como paseantes del sistema tantos, un número cada vez mayor a la cifra actual. Sería algo así como un éxito estadístico, precedido por una intensa excitación numérica. Es el éxtasis del administrador o gestor de la educación, que así se le denomina desde ámbitos a veces extraños al sistema público. Gestor de acreditaciones: todo un título académico que destila burocracia y vericuetos administrativos. Es, a la vez, testimonio de la gesta de un organismo esclerosado y deshumanizado, cifrado en la cifra, la Roma de todos los gestores o administradores.

Pero, al decir de un poeta, debajo de las multiplicaciones / hay una gota de sangre de pato; / debajo de las divisiones / hay una gota de sangre de marinero; / debajo de las sumas, un río de sangre tierna… Esto, a menudo, se olvida. Cualquier alternativa que devuelva humanidad a las relaciones educativas será buena. La educación, es claro, no está a solas consigo misma, sin otro mundo que ella. La pobreza cultural se asocia a la material, es una obviedad. Y es un fenómeno que atraviesa a casi todos. Escribo casi porque si bien está dicho más arriba es oportuno recordar que fuera de ese casi hay una minoría que mientras esto ocurre planea sus vacaciones en Londres o en el Caribe o Punta del Este. El mundo de la enseñanza pública les es ajeno, la realidad que esta representa, más. Están por fuera, lo que no significa que no sean responsables también, como todos, aunque no todos de la misma forma: a mayor poder mayor responsabilidad.

Condenar a los alumnos a ser una masa informe es transformarlos en objetos desechables para el sistema. Abrir las puertas a todos es una actitud romántica atendible y bienintencionada pero que pone en riesgo desperdiciar la única esperanza de salirse de la masa, esperanza a la que los padres se aferran muchas veces como el mendigo a su único plato de comida. Por ello, el cómo y el para qué deben meditarse. No se trata de construir campos donde alojar a los pobres o seres más vulnerables. Es verdad, la palabra campos asusta por lo que connota. Pero más que la palabra nos debe preocupar lo que está detrás de ella. Y siempre, siempre, tiene un nombre.

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