símbolos patrios

La maestra, otro símbolo patrio

Son las cinco de la tarde. Hace calor. Los niños esperan salir de la escuela. Forman fila. Pasan los minutos. Tal vez cinco, tal vez diez. La maestra no permite salir aún a sus alumnos. Hace mucho calor. Padres e hijos están separados por no más de diez metros. Un tejido impide el contacto.  “Maestra, son más de las cinco” –se anima gentilmente un padre–.  “Imposible –responde la maestra–, no puede ser. Aún no ha tocado el timbre”.

Pocas actividades educativas han demostrado el poder de cristalización de las relaciones de aprendizaje como la que desarrolla nuestra escuela pública en particular. Si adoptásemos la concepción que esgrime que todo proceso de aprendizaje lo es en la medida de que se produzca alguna modificación positiva en aquellos que participan en él, estamos en condiciones de consignar que la escuela uruguaya está ajena a este tipo de asuntos en lo que concierne a la figura del docente como agente educativo transformador.

La maestra es un símbolo patrio. Un viejo y sobrevaluado símbolo patrio. Y este estatuto es índice de su perdición. En tanto símbolo, ostenta un rol social rígido, asumido a pie juntillas, inmovilizado. Es parte del decorado como lo son los pabellones patrios, la moña azul y la túnica blanca y el himno nacional. Y es un símbolo acabado hace ya muchas décadas, y que ha tenido el poder de sobrevivir hasta la actualidad, con sus atuendos esencialmente intactos.

Y es un símbolo perverso. Con su mecánica previsible, es capaz –porque esto es parte de su anchura simbólica– de arruinar o salvar, de someter antes que liberar a decenas de miles de niños que son colocados ante tal símbolo con toda la vulnerabilidad que un niño posee. Para suerte de sí y para su desgracia, el niño se halla desamparado, en una relación vertical incuestionable, modélica, normativa, ajena a cualquier auditoría o contralor pedagógico de hondo calado.

Para mejor vida de este ente cristalizado que es el maestro, cuenta como es habitual con toda una parafernalia educativa que lo sostiene como el niño abanderado sostiene el pabellón nacional. Y no solo las autoridades educativas lo sostienen: también los colegas en su horizontalidad son parte de la maquinaria básica de producción de este símbolo. Un sistema de autoprotección y regeneración garantizada funciona para fortalecer y volver perenne lo que, por definición, debería volcarse al dinamismo y a la confrontación.

También las estructuras gremiales son contribuyentes del sentido patriótico del maestro. Corporizan el símbolo, lo que las vuelve más terriblemente corporativas. Han gozado, a diferencia de colegas de otros niveles de nuestro sistema educativo, de las caricias de los gobiernos que se encargan de enaltecer retóricamente la función del maestro tal vez porque a nadie inquieta dada su función reproductora asegurada.

El espacio del aula es un espacio potencialmente rico, aunque también riesgoso. La presencia de niños ya es garantía de lo primero. La presencia de adultos, de lo segundo. La maestra, con su gesto anacrónico, es la primera representante de una institución escolar y escolarizante que tiene como labor la de pervertir y derogar la creatividad intrínseca aunque relativa del niño. Un derroche, sin duda. Hay un síndrome, además, tal vez por contagio, de una banalización del rol, de un vaciamiento del mismo, que alienta al demérito. Cualquiera que desee atestiguar este vaciamiento profesional puede concurrir a los centros de formación docente donde los maestros se metamorfosean en alumnos y recrean los juegos de túnica y moña.

La tarea de la maestra, si se la piensa fuera de su valor simbólico negativo, es de gran importancia social e individual. Es indiscutible, aunque por demasiado obvio tal vez. Para bien o para mal. Es una lástima que este modelo docente sea un mero estereotipo. Ostenta tanto poder que preocupa y asusta. Al menos debería hacerlo. La vida de muchos niños transcurre entre cuatro paredes en un espacio casi monárquico, sin contralor de peso, con sistemas que amparan y protegen más al adulto que al niño.

Otros mundos posibles…

Hay experiencias en nuestro país, y las debe haber en el mundo, que nos enseñan que existen otras posibilidades educativas, en las que, por ejemplo, operan o alternan varios docentes en el proceso de aprendizaje de un grupo. Las virtudes de un sistema tal son numerosas; quizá la más destacable es la posibilidad de intercambio que ofrece entre los adultos, de evaluación y autoevaluación, un pluriperspectivismo enriquecedor, especialmente si la alternancia o coexistencia estimula la ausencia de un sentido perverso de propiedad privada del grupo. Para los padres, un maestro plural tal vez inquiete, es cierto –los padres cooperan también en la oxidación de la función docente; son por sus temores entidades conservantes aunque heterogéneas–, pero podría también ser un factor de tranquilidad: su hijo no queda, en una edad de gran fragilidad, en manos de un individuo, sino en manos de un equipo sustentado por una diseño pedagógico y tecnológico más confiable.

En otro nivel, el alumno liceal, si bien penetra en una maquinaria cuya razón de fuerza pretende ser discursivamente laboral y cuyo fundamento es vetustamente liberal, goza del privilegio de la pluralidad y, por la edad y la diversidad, de la posible autodefensa. Ante sí transitan más de diez docentes de distintas asignaturas en cada curso, por lo que será probable –y está demostrado que es así– que podrá establecer distintas relaciones con sus educadores, que los habrá equilibrados y otros no tanto, serios y fraudulentos, que podrá defenderse porque seguramente haya en el mundo adulto conciencias pedagógicamente aptas y justas que lo valoren y desconfíen más de los colegas que de los propios alumnos. Esto es esencial y de resonancia ética: el muchacho que proviene de un hogar que lo desacreditó como sujeto, de una escuela que convalidó y engordó el descrédito en él, difícilmente encontrará en nuestra institución secundaria un lugar apacible. Tampoco en el resto del mundo, en el más allá escolar, lo hallará. Pero donde por su naturaleza debería hallar un amparo humanista y humanizante, no lo podrá encontrar. Crear plataformas en las que el alumno se sitúe positivamente es clave.

Las instituciones privadas también juegan

A nivel más empresarial y de publicidad las instituciones privadas han sido claramente agresivas en sus propuestas pedagógicas. Promueven un menú de ofertas que se ampara de forma tácita o no en las deficiencias del sector educativo público. Levantan cabeza apoyando su pie en la cabeza del moribundo. Incluso, como en temas de seguridad pública, la población de poder adquisitivo medio y medio-superior es atormentada con imágenes preocupantes de lo que sucedería si un hijo no asiste a un centro de enseñanza privado. Mecanismo que es perverso, pero que tiene el aval de las estadísticas y de las pruebas PISA, por ejemplo, lo que se vuelve parte de un aparato retórico confabulador. Es cierto: tiene el aval de la realidad, y guste o no así hay que abordarlo. La enseñanza pública es reproductora de la exclusión y es una usina de desperdicios; la enseñanza privada es reproductora de modelos educativos e ideológicos, y de un discurso excluyente perverso. Podrían confrontar su práctica pedagógica y resignificarla. Pero sus maestras también juegan: preparan actos en los que ostentan ese rigor simbólico y se emocionan más por las pompas del evento que por la riqueza de sus escolares. En la burocratización del rol docente parece valer más el juicio del inspector de turno y de los padres, que el sentir de los propios alumnos.

El elogio de la escuela, ¿otra locura?

El discurso pedagógico enaltece la tarea grupal, el trabajo cooperativo de los alumnos. Sin embargo, el mundo adulto esconde su incapacidad de realizar ese mismo proyecto. Los docentes son pésimos cooperadores y su más cristalizada imagen de la soledad didáctica es verlos en el escenario del aula sin contrapesos o cooperadores. No es que no deseen otro mundo mejor; es que han sido ganados visceralmente, y por lo tanto vueltos desperdicios intelectuales.  La maquinaria del sistema es un monstruo que devora. Una obviedad. Pero como siempre, al final, la actividad intelectual es un privilegio de pocos. Y esta casi imposibilidad reflexiva de largo aliento también analgésico eficaz de de ciertas impudicias. Por ejemplo: la defensa irrenunciable de esa gran escuela de bajo presupuesto y gestora de inequidades que nuestra patria valeriana ha construido y que aún de manera anacrónica encanta.

Para terminar. Defender la escuela pública puede que sea producto de un gesto melancólico, de un irreflexivo afán bien intencionado de justicia. No es claro. Por el momento, pensemos esa defensa como otro acto. Tal vez aún no hemos conseguido desprendernos de ese símbolo hecho de moña y túnica. Tal vez nuestra emoción por esos niños homogéneamente de blanco y formados en fila y respetuosos de la bandera, la patria y la maestra, sean emociones demasiado próximas a otras conocidas por aquellas décadas del veinte y del treinta… Tanto símbolo adormece y pervierte. Los niños, hay que recordarlo, no tienen la culpa.

Nota publicada en Brecha, 7/5/2010