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La inmoralidad intrínseca del trabajador no sindicalizado

Es un lugar común la crítica a toda actividad que se arrogue el carácter de sindical o gremial. El mundo empresarial, como marca general, no pierde en esencia el sueño del esclavo privado. En la mayoría de los casos, solo por decoro o escrúpulos se ve obligado a afirmar las bondades de la democracia y del derecho de sindicalización.

Pero el pensamiento empresarial, desde que existe esa relación asimétrica de intercambio y apropiación, ha sido bastante lineal y poco sorprendente. No es ese universo de personas que preocupa. Las formas laborales poco tienen que ver, en las relaciones que imponen, con la democracia. Y muchas veces se ven en la obligación de ponderarla verbalmente: saben que no están en Beijing donde ni existen esos obstáculos y en donde los trabajadores valen un vintén. Por aquí aún se ve mal proponer la jornada laboral de 16 horas con pagas ínfimas, aunque en algunos sectores esto sea ocurrencia banal.

Todo un paraíso… un mundo sin sindicatos protestones, sin vacaciones pagas, sin aguinaldos, sin seguros de enfermedad, de bienaventurada flexibilidad laboral, con salario mínimos… Pero ese obviamente no es el paraíso del trabajador, aunque a veces este juegue como si lo fuera.

Y este es el punto: el trabajador y su posición ante las formas de organización de sus pares. Porque el discurso empresarial tiene tal potencia y, por sus atributos económicos y concomitantes, tal apariencia de fuerza de verdad, tanta discursividad racional, que seduce y compra, no solo un segmento de libertad de un sujeto y la capacidad productiva de este, sino que también le imprime un modo de percibir y sentir el mundo que no encaja con la situación de vulnerabilidad del trabajador solitario –las discutidas unipersonales son un esbozo, por ejemplo, del paraíso empresarial–. Muchos asalariados acaban insultando, despotricando, condenando, a los sindicatos. Los desprecian. Se hacen eco de la razón patronal. Pero si por un lado golpean por el otro aprovechan las ganancias.

Y esas ganancias son el punto en cuestión. El trabajador no sindicalizado que sin culpa y sin escrúpulos se aprovecha de los logros que otros pares han obtenido con sacrificios diversos se halla envuelto en una especie de inmoralidad intrínseca. Ninguno de esos trabajadores que con orgullo y vanidad desprecian a los gremios jamás desprecia los beneficios que recibe del sacrificio ajeno. Y ese sacrificio ajeno se llama jornada de 8 horas, derecho de licencia, seguro de enfermedad, salario vacacional, aguinaldo, descanso en fin de semana, licencia maternal, licencia por estudios y tantas cosas más. ¿O es que piensa cándidamente que esos fueron regalos de la vida? Lo justo sería que esos trabajadores no sindicalizados no recibieran ninguno de los logros obtenidos por esos trabajadores agremiados quienes, por ejemplo, han perdido parte de sus haberes e incluso arriesgado su estabilidad laboral para obtener esos frutos.

La cuestión de la inmoralidad es apropiada en esos casos en que se condena el cuerpo del reo pero se aprovecha su carne con animosidad. No hay reparos en aquel que tiene la convicción de que los sindicatos son un tumor maligno en la lógica social. Es un derecho mientras no se violen derechos. Pero su situación, de no pretender hacer algo en contra, de no dejarse en evidencia, de no denunciarse a sí mismo, es comprometida. Se queja del paro sindical, de la huelga, pero jamás dice “a mí nada, señores, no me corresponde ese aumento salarial, es ganancia sucia, por favor, no la quiero”. Esos trabajadores carroñeros ganarán en autoridad moral cuando desprecien aquello que ilegítimamente reciben de sus desaliñados camaradas. Y cuando lo denuncien movidos por justicia. Porque, como publicanos, viven parcialmente a costa de los otros. Y esos otros tienen una edad más que centenaria, de mucho sacrificio personal y colectivo. Es una situación vergonzosa que debe ser saneada. Por ellos. Porque en el fondo, en algún fondo, esos trabajadores que asumen el discurso empresarial como propio, que se jactan de sus buenas actitudes y temen a la acción de la turba,deben sentirse mal al volverse hacia sí mismos.

Una última nota. La libertad del ejercicio sindical es directamente proporcional a la calidad de la democracia. El demócrata sincero respeta al trabajador que hace uso de sus derechos y los defiende con convicción. Defiende no solo su libertad, sino la de los otros, tanto prójimos como no prójimos. Por ello esta cuestión de la inmoralidad del trabajador no sindicalizado sobrepasa el ámbito del trabajo. Se abre en numerosos senderos. Y acaba interpelando siempre las bondades o defectos de la democracia.